Saturday, 1 July 2017

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La semana del Eid estuvo marcada por el cambio de luna, el cambio de viento y el miedo al dolor. Horas y horas hablando con mi marido, mientras él me dibujaba motivos de henna en las manos o me insistía en que bebiera leche. También hablábamos de los paritorios africanos, de cómo era la vida cuándo nos acostábamos rodeados del olor a leche de otras mujeres, de cómo nuestra vida entera era ahora un paisaje imaginado.

Somos a nuestra hija y ella nos es, desde tiempos primitivos, pero ahora la nada, ahora la espera. Hay tanta violencia en estos últimos días, en este querer. Sin embargo es tan dulce. Cuando pienso en lo brutal del nacimiento tengo miedo de Dios, por convertirme en campo de batalla.

Soy más valiente cuando espero a la muerte en algún hospital de campaña que esperando la vida. Tengo más miedo de mi carne abierta que de las escenas de guerra.

Quizá porque la muerte es punto y final.

Y la vida empieza con la experiencia de reconocimiento, con los espasmos de la creación en el vientre, y después el no saber nada, la existencia entera, la posibilidad del todo.

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